Las peores desgracias le ocurren a una cuando está desempleada. En esa circunstancia siempre, siempre, se desespera. Mi situación se extendió a varios meses, quiero aclarar que no por cuestiones de mala voluntad, llevaba un año buscando y buscando en vano porque tuve la mala suerte de ser artista hija de changadores en un país tercermundista y pobre de discurso meritocrático. Tengo que admitir que en un principio había descartado algunas opciones no tan malas, porque que no me gustaban y no tenían nada que ver con mi vocación. Como persona de mi generación, había decidido que el trabajo debía ir acompañado del gusto. Me niego a aceptar resignadamente, como mis antepasados, esa vieja idea de que Dios castigó a Adán, diciéndole que tenía que trabajar para ganar el pan. No soy creyente, un día me di cuenta de que no me conviene. Pero entiendo que la persona que escribió el Génesis tenía las cosas muy claras, hace varios cientos de años atrás, porque encontró la manera, en un simple relato, de que millones de personas aceptaran dedicar la mayor parte de su vida, a hacer algo que odian. Pero finalmente, pasó, encontré un laburo y justo cuando comenzaba a desesperar: vi un aviso en el gallito. Era extraño, rezaba que estaba muy necesitado de personal para una tarea rural, al aire libre, y no especificada. Decía que para más información, el aspirante debía dirigirse a una oficina.
No pensé demasiado, debido a lo desesperada de mi situación. Los egresados de Bellas Artes estamos lejos de tener pericias rurales, pero al menos, consideré, el paisaje podría ayudarme en la inspiración en mis horas libres y así podría pintar otra vez. La depresión de estar sin empleo me había vaciado la creatividad.
El edificio no quedaba lejos, solo unos minutos de viaje en ómnibus. Era inmenso y el día que fui había demasiada gente. Me pregunté por qué nunca antes había reparado en esa enorme arquitectura en medio del centro. Las ciudades, hasta las más chicas, acumulan demasiada información en pocos metros cuadrados y uno por lo general pasa de un lugar al otro sin mirar lo que tiene a sus costados. Vivir en la ciudad es tener los sentidos totalmente apabullados y la mente repleta de preocupaciones. El interior de estas oficinas estaba todo decorado en diferentes matices de verde. Es bastante usual que yo me fije en cada lugar al que entro, en la decoración y en los colores. No estaba segura de si me era agradable o no, tanta monocromía era inquietante. Le empresa se llamaba EL VERDE, por supuesto y en un cartel había un eslogan que declaraba: «Verde que te quiero verde...» Sabía que se tendrían que estar refiriendo a un poema, pero no podía acordarme del autor.
En frente del mostrador había una larga fila de desesperados como yo. Rostros lánguidos, largos, tristes, pálidos. La cara de quien nos entregaba los boletos tenía una sonrisa y su amabilidad en ese contexto de desgraciados era un insulto. Además hablaba demasiado. Al llegar, me dio un boleto de ómnibus y me dijo lo mismo que a todos los que estaban delante:
—Hola, buenas tardes. ¿Cómo estás? Aquí tienes. Parten mañana. A las 7 en punto tienen que estar en la puerta de esta oficina. ¿Alguna duda?
Tendría unos 40 años el señor, calculé, y el pelo claro, pero no supe decidir si era canoso o muy rubio. Le abundaban las carnes. Sus ojos eran verdes, como su vestuario. Sus dientes, de un matiz amarillento revelaban un posible fumador y habitué del mate. Parecía un extranjero, me hizo acordar a los yanquis, tal vez por el rosado de los cachetes que atenuaban la monocromía del lugar.
—Pero debe haber un error —protesté— no vine por un boleto de ómnibus, vine por el aviso de trabajo.
—Claro, pero es que van al lugar, les hacen una capacitación, los ponen a prueba...
—¿Sin entrevista? ¿Qué es lo que tenemos que hacer?
—Bueno, yo solo reparto los boletos, no puedo saber más nada, solo que van al interior del país y ahí supongo son entrevistados como tú dices —el «tú» me fastidió, pero tal vez sí era extranjero— y después se dispondrán a trabajar un poco en el lugar... tareas típicas rurales —el individuo nunca habría visto el campo ni en la tele.
—Con quién puedo hablar, sino...
—No tengo la menor idea. Pero allí está la sección INFORMES...
Había una inmensa fila frente a la pobre cara a quien le correspondía atender al público:
—No, déjelo así. Me enteraré cuando llegue.
No dormí esa noche. Tuve un inquietante sueño en el que una marea verde me aprisionaba y asfixiaba.
Al chofer del ómnibus también lo odié. Era más viejo que el gordito de la oficina, sospechoso de una manera más obvia. Para empezar, no tenía el vientre abultado de los choferes, era muy delgado y alto, pálido y demacrado, con ese tipo de pómulos que cuando los vemos pensamos que no son de este planeta. No hablaba nada, no obstante abrió la boca para reprocharme que yo no estaba vestida de verde como el resto. Tenía movimientos automáticos. Me dio un boleto verde. No figuraba ninguna otra cosa más que la fecha, la hora, y el nombre de la empresa, no tenía la parada, ni el destino. Me entró el miedo. Qué tal si nos raptaban y nunca regresábamos. Demasiadas películas. Adentro era todo de un color verde pasto. Por fuera, por dentro, los asientos, bañados en verde, el piso, todo. A la gente le pareció fantástico, era algo así como viajar entre la naturaleza hacia la que nos llevaban. O a lo mejor lo fingían para que vieran que eran buenos trabajadores, de esos entusiastas y conformes con todo, una alcahuetería en vano porque no había ningún empleador a la vista y era cierto lo que había dicho el chofer, los demás pasajeros iban también de verde. Todos. Estuve un rato pensando en eso y entonces recordé que el gordito de la oficina me había dicho, rápido en un grito que hacía el intento por remediar un olvido cuando yo ya me iba:
—Recuerde que tiene que llevar vestimenta verde.
Creo que yo estaba de bordó y blanco.
Cuando me senté en el asiento que me correspondía, la señora de más de cincuenta que iba a mi lado me dijo:
—¡Eh! ¿Por qué usted no está de verde?
—No tengo ropa de ese color.
—Pero, muchacha, estamos a prueba. Parece que ni quisieras conseguir el trabajo. A veces hay que hacer esfuercitos. Yo tengo cuatro hijos, casi ni comimos en una semana para ahorrar la plata para comprarme este vestido. Es usado, pero supongo que sirve.
—Trabajar de vestido no es cómodo.
—Lo importante no es estar cómodo, sino cumplir con las reglas. Todavía no sabemos lo que vamos a hacer. Yo tengo la esperanza de que me pongan a cocinar. Supe ser asistente de chef cuando las cosas en el país eran diferentes, claro. ¿Cuál es tu rubro?
—Bellas artes.
—Ah, pero mirá qué lindo...
Es lo que siempre dicen. Cuando uno se dedica a las artes es siempre lindo. Nunca feo. Tampoco interesante, o complicado, o necesario, trabajoso o importante. Si la señora viera mis dibujos, no diría que son lindos. Lo que dijo a continuación también me lo han dicho siempre:
—Debe ser difícil vivir de eso... —Yo sabía que ese de tipo de comentarios también encerraban la opinión de que había elegido algo equivocado, aun sabiéndolo.
—Sí.
Luego me hice la que me disponía a dormir para evitar más conversación. Pero la señora no se dio por aludida y empezó a realizar una narración y una descripción de su vida. De cómo se había casado con un dentista y de las veces que habían bromeado con que él, venía a arreglarle los dientes careados a los que consumían tanto sus tortas y dulces, porque en esa etapa, antes de trabajar en un restaurante cuatro estrellas, era repostera y confitera y además delgada y con un cuerpo maravilloso, que ahora era muy difícil de adivinar. Luego ambos habían subido de peso como ocurría en todo matrimonio y después con la crisis la gente había dejado de ir a restaurantes y otros de arreglarse los dientes y entonces vinieron los problemas económicos y la bebida. Él no tenía la culpa, pero su madre le había dicho que lo mejor era deshacerse del borracho inútil. Además la había golpeado en más de una ocasión. Era una lástima que él cambiara tanto, porque los niños lo extrañaban. Finalmente, había terminado por criar cuatro hijos varones ella sola, y ya no necesité fingir que dormía cuando comenzó a hablarme de cada uno de ellos...
El ómnibus parecía desplazarse a una velocidad de 5 kilómetros por hora. Se iba más rápido trotando. Todos fuimos cayendo en un sopor y nos tomamos una siesta. No parecía que íbamos a trabajar, era como un paseo, se instaló el ánimo de la gente fue el que se genera cuando se está de excursión: sin ningún nervio o apuro. Para mi alivio personal, noté en algún momento que la señora estaba dormida. Había cambiado su cháchara interminable por ronquidos, que era casi lo mismo. Ya adentrándonos en la tranquilidad del campo, decidí intentar disipar mi mal humor observando el paisaje casi distraídamente a través de la ventanilla. A los costados de la carretera comenzaba la Nada. Esa nada verde, que es nuestro campo, a veces salpicada de vacas: una allá, otra más acá, otra, a lo lejos. De a ratos me ganaba de nuevo el pesimismo y se me daba por quejarme mentalmente otra vez del país del latifundio y la gente desempleada. Entonces parecía una empresa privada como el remedio al problema. Me pregunté por primera vez qué producirían.
—Parece que el rubro tiene que ver con el turismo —dijo un pelado.
De pronto la lluvia se precipitó, con todas sus ganas. Después de un rato aminoró, pero la humedad comenzó a ablandar todo como si tocara con dedos pegajosos. Mientras, yo seguía mirando por el vidrio empañado de la ventanilla y aprovechaba para dibujar sobre el vidrio. Pensé que el verde y el gris no se llevan. De a poco y a medida que avanzábamos, la espesura de lo verde comenzó a adueñarse de todas las cosas, incluyendo lo gris. Ya no se retenía ni el menor atisbo del cielo, ni del asfalto de la ruta. Todo estaba tupido, como en una selva.
—¿Estamos en una selva? —dije en voz alta. Todos habían estado dormidos hasta ese momento y se sobresaltaron al oír mi comentario. Alguno profirió alguna clase de improperio que consideré dejar pasar.
—Estamos en el destino —dijo el chofer— Pero nadie se baje, quédense en su lugar. Ya recibirán órdenes.
No me gustaron varias cosas: que hubiera que seguir órdenes, que ese fuera el destino, que todos obedecieran, recordar que Uruguay es un país con muchas zonas rurales, pero no selváticas.
—¿En qué país estamos? —pregunté.
—En Uruguay, muchacha, ¿dónde más?
Era todo muy obvio para los demás. Hacía mucho tiempo que no viajaba a las zonas del interior, así que tal vez con el calentamiento global las cosas hubieran cambiado.
Me perturbé cuando empecé a no notar mucho la diferencia entre el exterior y el interior. Tanto verde con tan poca luz era un problema.
—¿No pueden encender una luz acá atrás? —manifesté.
—Pero qué desubicada. Primer día de trabajo y ya reclamando cosas. Esa no va a durar nada, —dijo una voz. No sé si la misma del anterior improperio vulgar.
—Además no está de verde —observó otra muchacha bien metiche.
—Eh, ¿por qué no estás de verde? —dijo otro.
Aburrida de la situación, me puse a mirar el techo del ómnibus, y me pareció que veía ramas, que se apoderaban de él, desde el lado de adentro, y que también lo envolvían, como haciendo una especie de capullo. Sintiéndome muy nerviosa, me puse a intentar percibir mejor el lugar donde nos encontrábamos y al dirigir mi mirada hacia la ventanilla, divisé una pierna desnuda que se apresuró a esconderse entre unos arbustos. Vi que también era verde. De pronto, muchas piernas y muchas manos verdes se veían camufladas de entre la reminiscencia de la lluvia, los árboles y pastos. Hasta hacía un momento, mi vista, no tan acostumbrada a tanta monocromía, no lo había notado, necesité horas para empezar a distinguir tantos verdes como los blancos de los esquimales. La cuestión es que entre las innumerables plantas, surgían unas manos que eran desmesuradamente grandes y arrastradas con indolencia, y también percibí unos ligeros pies. Las caras desdibujadas en la distancia no eran del todo humanas, pero se asemejaban bastante. Todos se mostraban muy habilidosos, cuando afanosamente trabajaban en algo que no alcancé a entender ni distinguir.
En el ómnibus, reinaba el silencio total. Podía oír los golpes acelerados que ejecutaba mi corazón en el pecho. Y a sentir el sudor frío en la nuca. Comencé a intentar explicar lo que estaba viendo, pero en la locura de mi situación, solo alcancé a emitir unos ininteligibles aullidos. Lo que quería expresar era que éramos presa de un ataque alienígena. Pero los demás viajeros estaban ahora inmóviles. Ninguno reaccionó, ni siquiera se volteó para verme. Tenían los ojos muy abiertos, como mirando algo que estaba lejos. Estarían todos en estado de shock. A pesar del vidrio empañado, podía observar a los sujetos allá afuera, desnudos, todos verdes, con sus manos gigantes, yendo de acá para allá. De pronto, una de las caras se acercó tanteando mi vidrio, como inspeccionando el objeto, y ahí grité. Que quería salir, que quería zafarme. Esas caras: caras que no eran caras, y eran todas verdes. Eran horrendas, sin pelo, sin nariz, de ojos chiquitos y separados. No tenían labios pero sí colmillos... Habrían sido caras una vez. A pesar de lo amenazante del aspecto, no hacían nada, no se mostraban hostiles, sino algo curiosos, y casi invariablemente continuaban con su tarea, ignorándonos, caminando por encima del mismo vehículo y arrastrando sus instrumentos de trabajo. Cuando alguno se detenía movido por la curiosidad a olfatear lo que había dentro, (como ese que se acercó a mi ventana) un látigo les golpeaba la espalda y los devolvía a su labor, daban lástima, pero yo les tenía miedo porque eran feos. Cada vez que estamos ante algo monstruoso o de otro planeta, siempre se nos ocurre pensar mal, preferimos que se trate de mala gente.
El tiempo pasaba, sentía de pronto unas piernas pesadas caminar por el techo del ómnibus, subir, bajar, algo que se arrastraba. Sonidos todos de trabajo. Pero dentro del ómnibus nadie desesperaba, nadie quería irse, nadie salía de su trance idiota. Tomé el brazo de la señora de al lado. Pensaba sacudirlo, para ver si reaccionaba, pero una horrible sustancia viscosa y verde que segregaba su piel me repelió. Todos los pasajeros estaban igual, untados en esa mucosidad. Limpiándome la mano en el pantalón, me acordé del chofer y decidí ir hasta donde estaba para pedirle auxilio, una explicación o para ofrecerme a ayudar. Me acerqué lentamente cuando escuché su voz, pero su voz era otra, y estaba en un idioma que no entendí y conversaba con otra voz, que más bien era muchas voces a la vez. Me coloqué en un lugar en el cual no pudieran verme y espié: el chofer venía hacia los asientos. Pero ya no era el chofer: el verde le había tomado la cara, las manos, los brazos, todos los trozos de piel que pudieran verse. Su cara no era una cara. Lo único que persistía como rasgo reconocible era el par de exagerados pómulos.
Vi cómo despertaba a los que estaban en trance, entes que minutos antes eran humanos, pero ahora eran esas cosas verdes. Intenté no desesperar, miré hacia el asiento de la que había viajado conmigo: demasiado tarde.
Abrí la puerta y escapé. Hacia dónde, no sabía, pero corrí por donde me pareció más despejado. Sonidos de insectos o cosas por el estilo se despertaron a mis espaldas. Y tuve la sensación de que me perseguían. Pero no podía distinguir nada entre tanto verde. En un momento giré mi cabeza para ver lo que dejaba atrás: las gentes verdes y calvas salían del vehículo, se despojaban de sus ropas y del resto de sus cosas y tomaban herramientas, otros seres verdes pero que parecían un poco más evolucionados les decían mediante aullidos a dónde ir. Me estaba alegrando por no ser uno de ellos, y de pronto noté que me equivoqué al subestimar su inteligencia y la perfección de su sistema. Una de esas tremendas manotas se aferró a mi hombro derecho, y sentí la descomunal fuerza de esas bestias trabajadoras. Una voz que pareció ser algo así como de una mujer-insecto, salió de esa boca inmóvil:
—A dónde va, usted, retorne a su sector —me señalaba un árbol y me daba un balde y un pincel. Con pintura verde.
—¿Y con esto?
—Pinte todo de verde —dijo, pero en su idioma raro. Eran solo unos sonidos inarticulados, pero entendí, sobre todo el tono imperativo.
—Pero ya está todo verde.
—Silencio. Ese es tu trabajo.
—¿Y los demás? ¿De qué trabajan?— Me miró como si no entendiera por qué quería saber eso.
Bueno, por lo menos era pintora. No podía estar tan mal. Tal vez los otros trabajos fueran peores. Algunos tendrían tareas tales como recoger las heces y cosas así. Porque siempre hay uno que tiene que recoger las heces y es mejor que no le toque a uno y muchas veces, cuando las cosas se ponen muy, muy mal, lo que hago es acordarme de eso. Después el monstruo me empujó hacia el árbol y me señaló unas hojas en la copa que estaban marrones.
—¿Y a esto cómo subo?
Me miró con una cara muy inexpresiva, que sin embargo manifestaba que ese no era su problema.
Me puse a pintar el tronco, que era verde, pero juzgué que no lo suficientemente. Al menos me daría tiempo para pensar en un plan. Y sin darme cuenta, estaba trabajando.
Con el correr de los días, me entusiasmé mezclando diferentes matices de verde. Uno para el tronco, otro para el pasto, otro para diferenciar plantas. De vez en cuando recibía un latigazo:
—¡Más rápido! —decía el látigo. Y a veces:
—Con ese verde, no.
Yo consideraba que tendrían que estar satisfechos con mis iniciativas, tenía ideas de nuevas tonalidades que enriquecerían el cuadro del lugar que quería ofrecérseles a los turistas. Bueno, no sabía si eso era lo que estábamos haciendo, pero decidí que lo era. Preparábamos el campo o la selva o lo que fuera para cuando vinieran extranjeros y pensaran que estaban en un país muy bonito. Y solo porque necesitaba darme una explicación a lo que estaba haciendo.
Pero a mis superiores no le gustaba que fuera creativa, había órdenes que cumplir, el verde lo proporcionaban ellos. Había algunos colores que no me gustaban, dije, un día, pero me silenció un látigo.
No hablaba con nadie, lo había intentado, pero creo que mis compañeros no me entendían y por lo general solo querían hablar de lo que habría para cenar o de cuántas horas faltaban para terminar el primer turno. Terminé desistiendo, pero porque también cada vez que te veían conversar, había látigo.
No descansábamos casi nunca, solo para comer dos veces al día. Nos daban alguna sustancia que tenía la consistencia de la carne, y que era algo dura. Y luego a dormir. Es lo que pasa cuando el horario es cortado. No iba a poder inspirarme en el paisaje y pintar artísticamente como había planeado. Además el único color que había era el verde y ya no me permitían mezclar. Solo pintar. La rutina comenzó a exasperarme y también la mujer insecto me estaba alterando los nervios, me vigilaba cada vez más.
Llegó el día en que me pegó tanto que se pasó con el látigo, y a través de las heridas, descubrí que a pesar de que mis piernas y brazos habían cambiado, hasta ser tan verdes como los de los demás, mi sangre seguía siendo roja. Al menos tendría dos colores para pintar.
Tomé mi sangre con el dedo índice, como si fuera pintura. Realicé un rostro feliz en un tronco de un árbol, lo mejor que pude. Después seguí trabajando. Al rato, muchos de mis compañeros comenzaron a asomarse y a emitir alaridos. Señalaban el tronco y a mí. Al principio creí que alababan mi obra de arte, pero luego me fui dando cuenta de que estaban llamando a la superiora. «Margaritas a los cerdos», pensé.
Cuando vino la mujer, profirió unos sonidos que daban a entender que no iba a tener comida por dos días. Y que de seguir así, podría yo misma transformarme en la de los demás.
—¿Cómo...?
—¿Y vos qué te creés que les damos de comer?
El que desobedecía se convertía en plato de comida para sus compañeros. Me acordé de que los pocos que me habían caído bien, habían desaparecido sin explicación, antes de eso me gustaba pensar que habían renunciado, pero ahora entendía. Solo quedaban los alcahuetes, pero yo había descubierto una manera de romper las reglas.
A instancias del hambre, empecé a alimentar ideas en mi mente. Hasta que una tarde, me dirigí a un sector muy lejano, bastante solitario y tupido y llamé desde ese lugar a mi superior. Nos podía oír desde kilómetros. Vino dando pasos largos y pesados con sus pies enormes. Era más alta que el promedio. Y ahí cometí el crimen. Le asesté el balde de pintura por la cabeza. Me las ingenié para matarla con unas lianas y después llené el cubo nuevamente con su sangre.
Al otro día, la selva amaneció roja. Aproveché para extender mi expresividad creativa. Todo ese tiempo había estado bloqueada, pero ahora se me habían ocurrido muchas cosas. Arte realista, arte abstracto, impresionismo, cubismo, todos los ismos posibles. Eché a volar la imaginación y el pincel. Dibujé una historia de humanos azotados por otros humanos.
Enseguida se armó conflicto: aullidos, sollozos, risas, violencia. Cuando llegó otro que era aun más superior en jerarquía a ver qué era lo que ocasionaba tanto desorden, dio a entender que daría beneficios a quien me atrapara sin vida: y raciones extra de comida no eran desdeñables cuando se pasa hambre. La mejor manera de controlar a un ser humano es tenerlo siempre aterrorizado y al límite en sus necesidades físicas básicas. Y así empezaron una persecución frenética e incansable otra vez. Corrí desesperadamente y logré trepar a un árbol. Varios días de práctica para alcanzar las copas me habían hecho ágil.
Fue como desaparecer para ellos. Pasaron los días, me alimenté de la lluvia y de las frutas del árbol. Vi cómo limpiaron la selva. Cómo todo comenzaba a ser normal y verde de nuevo. Se cansaron de buscarme, de odiarme, de hablar de mí, se olvidaron de lo ocurrido y se restablecieron los horarios de trabajo otra vez.
En algún momento mientras duró mi escondite, empecé a delirar de fiebre. Hasta tuve una pesadilla. En ella estaba en un edificio, todo gris, tenía un despertador y que levantarme todos los días a la misma hora. Después caminaba sin ganas por una ciudad también gris hacia una habitación donde hacía tareas administrativas. Me oí a mí misma gritar aterradoramente y eso me despertó. Temí que mi grito fuera escuchado por los otros también y que me encontraran, pero fue amortiguado por el capullo que me envolvía. No sabía cuánto tiempo debía de haber permanecido dormida dentro de él. Desesperadamente, comencé a destrozarlo.
A la luz, comprobé que seguía siendo verde. Pero descubrí que a partir de entonces tendría alas, de esas horribles que parecen de murciélago y son, además pegajosas. Alas al fin y al cabo. Las extendí, las dejé secar y luego torpemente, me fui bien lejos.
Hace tiempo que vuelo de un lugar a otro. Vivo de lo que encuentro, pinto y escribo. Hago arte para mí misma y a veces lo dejo en algún lado, en la calle, un banco de una plaza. Lo hago para no sentir la soledad y no perder aquellos resabios de ser humano. Habito lugares altos, mayormente catedrales, observo todo desde arriba y desde lejos, muy quieta, para que me confundan con una gárgola, pero evito el campo.
Del libro 10 relatos de una mujer placard. Año 2016.